• Tuiter no es un barrio sin ley ni el bar de la esquina

    Hoy en día tener una cuenta en tuiter para un político español es más peligroso que tener una cuenta en Suiza.
    En las últimas horas han recorrido las redes varios tuits de un tal Guillermo Zapata en los que cuenta (o cita) unos chistes de muy, muy mal gusto. Rápidamente ese Guillermo Zapata, que ahora es Concejal de Cultura de Madrid, salió a explicar el contexto en el que había hecho los tuits y a explicar que no es antisemita ni pro-violencia. Yo se lo creo, pero no le servirá de nada (os dejo el link a su explicación). En pocos minutos se creó un hashtag pidiendo su dimisión y acto seguido sus afines empezaron a sacar tuits desafortunados o asquerosos de los adversarios. La batalla una vez más está servida y despista de los problemas reales.
    Yo soy un gran fan de las redes sociales y del cambio en la política española, pero estos casos demuestran, que las redes sociales son un campo de minas y una bomba de relojería.
    Hasta hace unos años los políticos eran gente que desde muy joven se afiliaba a las juventudes de un partido, preferiblemente de los grandes y se iban cribando por los aparatos de los mismos. Ellos y sus mentores cuidaban su imagen y desarrollaban sus estrategias de ascenso. Hoy (y eso es bueno) cualquiera puede ir en una lista y ser de repente concejal de un ayuntamiento pequeño o de la capital de España.
    Antes en todos los partidos había unos cuanto aficionados y a veces bastante profesionales que guardaban recortes de periódicos y recordaban citas desafortunadas o promesas fantásticas de los adversarios. Estas se repetían en el momento adecuado en un mitin para restar credibilidad o desprestigiar al adversario, pero estos “escándalos” no solían ir más allá del debate del bar de enfrente. Lo de “recuerdas cuando X dijo tal” o “este tío antes decía digo y ahora dice Diego” era el pan de cada día y se mezclaban verdades con leyendas urbanas que solían ser contrarrestadas con un “Y tú más”. Hoy con docenas de periódicos online, miles de blogs, millones de tuiteros y photoshop al alcance de cualquier niño, han cambiado las cosas.
    Al inicio de tuiter los consumidores de a pie lo usábamos para enterarnos de los que decían “los grandes” y discutir con nuestros amigos como si fuera el salón de su casa o el bar de enfrente. Hoy cada tuit puede ser una rueda de prensa de un estudiante de biología un pescadero o un parado de larga duración. La mayoría de los tuiteros seguimos pasando desapercibidos, pero la combinación entre la sensación de estar entre un número reducido de amigos, la memoria eterna del archivo, la publicidad mundial y la posibilidad de decirlo todo y en cualquier momento han convertido tuiter en una camisa de once varas.
    Chicos que como mucho podían aspirar a tener 200 seguidores y un puesto a tiempo parcial en Telepizza de repente se convierten en estrellas mediáticas y pueden participar en debate político de tú a tú con las más altas esferas. El haber dado un mitin espontaneo en una acampada de la Puerta del Sol te puede convertir en una figura relevante del 15M. Por lo contrario el defender al gobierno en Facebook puede hacerte concejal en tu ciudad, sujetar una pancarta en un desahucio te puede hacer alcaldesa de Barcelona y manifestarte contra el aborto te puede llevar a las listas del Congreso. Todo esto es bueno, muy bueno. La política está más al alcance de todos, pero eso significa que todos tienen que tener la prudencia y sensatez de saber estar. No quiero negar que a mí a veces también se me van los dedos cuando algo me pone de mala leche y lo comento como si estuviéramos de merienda en el parque. No me gustaría que estos acontecimientos crearan una autocensura excesiva y que todos anduviéramos con el autocorrector político en mente, porque nunca sabes si a lo mejor mañana te toca presidir el gobierno o negociar la liberación de 3’000 rehenes, pero sí que sería conveniente hacerse a la idea de que lo bueno de que todos seamos políticos y personas públicas también tiene una parte negativa y es que todos somos políticos y personas públicas. Además hay que ser conscientes de que todo lo que digas puede herir la sensibilidad de individuos o colectivos y que las redes sociales no son un barrio sin ley.
    En el caso concreto del Consejero de Cultura de Madrid creo que no le quedará más remedio que dimitir y aclarar luego lo que realmente sucedió. Se irá con la satisfacción de no dañar más la imagen de un equipo de gobierno virgen y le podrá contar a sus nietos que fue concejal de la capital de España durante todo un fin de semana.

    Aquí os queda el link a la explicación del Consejero http://guillezapata.tumblr.com/post/121494668305/sobre-polemicas-y-contextos

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