• 10 años cambiando, pero con menos ilusión #15M

    10 años de matemáticas o una década haciendo números

     

    15M = 20N + (+25M) + (+19J) + (+24M) + 20D + 26J + (+1O) + (+1J) + 28A + 10N + (+4M)

     

    No seré el único que hoy recuerda la fecha de aquel 15 de mayo de 2011, tan lejana en el tiempo que parece una pieza más en la historia de nuestro país, a pesar de haber sido hace solo 10 añitos y de seguir influyendo en la vida actual de España.

     

    El 15M está aún en ese espacio intermedio entre el quiosco y la biblioteca, entre el telediario y los libros de historia. Se veía venir y era necesario, pero era imprevisible que su impacto internacional, duradero e ineficaz. Los resultados del 15M se resumen en las cifras y letras que menciono en la ecuación inicial. Nos estamos quedando sin fechas para resumir la vorágine de acontecimientos históricos que nos atropellan cada pocos meses y sin pasar nada se mantiene una sensación de breaking news perpetua.

     

    Era la primavera de 2011, el otoño de una crisis económica y el invierno de una transición que transitaba ya sin rumbo se fraguaba un cambio de época. Millones de parados, licenciados precarios, hipotecados de vidas y viviendas, erasmus retornados, másteres emigrados, indignados que habían sido ricos, maduritos con la jubilación a tiro de piedra, jubilados con pensiones tiradas, una amalgama de apolíticos, antipolíticos, liberales, libertarios, antisistemas, reformistas y un mareo de mareas que ya había consumido los colores del arcoíris tomaron las plazas y calles de España.

    La generación mejor preparada de la historia, la primera generación que sabía que viviría mucho peor que sus padres y sobre todo la generación nacida ya en la transición, que solo había conocido bipartidismo y a la que la política le daba asco, descubría su impotencia y sus ganas de poder. Una generación que ya no quería limitarse a votar a los contrarios de los que habían matado al abuelo en la guerra civil aquella acabara hacía 7 décadas. Una generación que no quería votar más males menores que no les representaban para quitar a males peores que les representaban aun menos.

     

    Fue modelo para el mundo. Inspirado en la primavera árabe recién empezada, en la revuelta griega y en el éxito islandés, el 15M español fue el germen para la indignación europea y el movimiento internacional de „occupy“.

     

    Tras la victoria de la selección española en el mundial de 2010, el 15M fue el segundo evento que llenó de orgullo a los que vivíamos fuera. La tierra que vio nacer a nuestros padres y había vuelto a vomitar oleadas de emigrantes dejaba de ser noticia de fiesta, siesta, playa y corrupción y se ponía al frente de un cambio internacional. España coqueteaba con volver a hacer historia.

     

    Pero ahí se quedó. Un sistema provisional, surgido del 78 y necesario para transitar de una dictadura militar centralista a una democracia participativa federal se había estancado en una partidocracia descentralizada asimétricamente. Parecía en aquella primavera como si muchos hubieran descubierto que las normas no caen del cielo y que la frustración política no es una ley divina.

     

    El sistema no reaccionó ante un par de chicos raros. La firmeza del bipartidismo era incuestionable y tanto Génova como Ferraz estaban a miles que kilómetros de la Puerta del Sol. Cuando se fue consolidando la indignación y un cambio se convertía en peligro real para el sistema vigente, este reaccionó con habilidad e invitó al suicidio al 15M.

     

    No fueron el cansancio, ni las porras, ni los interminables debates, ni los matices de los detalles de las excepciones de las utopías los que mataron al 15M, fue Dolores de Cospedal el 4 de mayo de 2013 en San Sebastián. Tras ningunear primero al 15M durante meses y luego declararlo un resfriado que pasaría, el bipartidismo empezó a tomar en serio al movimiento que llevaba dando la lata exactamente 2 años y no estaba dispuesto a jugar en su cancha. Ante el peligro de una abstención inédita, de una desafección incontestable y de un sistema de sociedad civil paralela, Cospedal se sacó de la manga la manzana envenenada. De un foro del PP, de los que pasan sin pena ni gloria y nadie quiere saber quién los financia, dijo aquello de „si quieren representar, deben participar“. Traducido al castellano significaba que de un movimiento transversal y de base se destacaran unos pocos para pasarse al otro lado, a la pradera donde florecen cargos, salarios, enchufes, inmunidades, chalets, carteras y puertas giratorias. Única condición era posicionarse en el tablero y aceptar las reglas del juego, o sea dejar de ser el 15M.

     

    20N

    El sistema venía avisado y con la mosca detrás de la oreja. En las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011 se había muerto el bipartidismo, en la misma fecha en la que en 1936 y 1975 habían muerto Primo de Rivera y Franco respectivamente. Como consecuencia de la indignación que había recorrido España desde el 15M UPyD pasaba de ser un show unipersonal a un grupo parlamentario con más de un millón de votos e Izquierda Unida resucitaba de 2 escaños a 11. Casi 3 millones de españoles se habían atrevido a no votar como Dios manda.

     

    25M

    Siguiendo la invitación de Cospedal, una parte del 15M se unifica alrededor de un carismático profesor universitario cuyo signo de identificación para amigos y enemigos era su coleta. Tan identificativo era el líder, que su perfil fue el símbolo del partido en las elecciones al Parlamento Europeo del 25 de mayo de 2014. Arrasan en los medios y en las urnas sacan 5 escaños, uno más que UPyD y uno menos que IU. Con menos del 8% en unas elecciones de circunscripción única, es decir 1.2 millones de votos, serían poco peligro para unas generales con 52 circunscripciones. Pero, aun así, el sistema entra en pánico y la prensa entra en calor. Aquellos 5 de 54 escaños en un parlamento que no le interesaba a nadie se convirtieron en el preludio del apocalipsis para unos y en la luz al fin del túnel para otros.

     

    19J

    El camino de la Puerta del Sol al Congreso que son escasos 200 metros indica a Moncloa y pasa por Zarzuela. Lo que suena a un timo de taxista se convirtió en una realidad política. El 19 de junio de 2014, por si las moscas, Juan Carlos I le entregaba el peso de la corona a Felipe VI, joven, limpio y preparado. Coetáneo de la generación del 15M y criado en la Transición, asumía la jefatura de un estado al que se le preveían llegar años difíciles, mientras su padre se alejaba por etapas hasta desaparecer allende las fronteras.

     

    24M

    En mayo de 2015, 4 años después del 15M y hace solo 6 años España elegía por primera ver consistorios municipales en la nueva era. Podemos, que ya se consideraba heredero legítimo del desaparecido movimiento 15M, jugó con brillantez la partida. Con el caramelo de las elecciones generales a la vista y portado por las portadas, decidió no meterse en los lodos de la política menor. Era muchísimo más eficaz y viable afrontar una campaña para las generales capitaneando un grupo de 5 amigos en el Europarlamento que miles de concejales surgidos de la nada que ni conoces ni controlas. Jugó la baza de la confluencias, círculos, mareas e improvisaciones. Por un lado, se mantenía la ilusión de la transversalidad y por otro tenía la ventaja del espectador de fútbol que según como juegue su equipo, puede decir “hemos ganado” o “han perdido”.

     

    20D

    El D-Day de la política de esta década. Viéndolas venir, Mariano Rajoy estiró al máximo la legislatura y se encomendó al espíritu navideño, no sin antes aprobar, por si acaso, unos presupuestos que serían casi perpetuos. Un cuarto de siglo después del golpe de estado de Tejero y tras una generación entera sin cuestionar el sistema político ni el modelo territorial, los españoles les concedieron el 20 de diciembre de 2015 a dos fuerzas políticas la posibilidad de promover el cambio. Entre los 69 escaños de Podemos y los 40 de Ciudadanos superaban con creces los 90 del PSOE y sumaban casi tantos como los 123 del PP. No hubo ni la grandeza de hacer algo nuevo, ni la picardía de dejar a Rajoy estrellarse en minoría. Los que supuestamente eran el cambio se cubrieron de gloria, solo pedían la vicepresidencia, los ministerios clave, el Cesid y RTVE. Pero por si acaso no invitaron a la novia a la boda y proclamaron el enlace unilateralmente. En el otro frente de la supuesta renovación, Ciudadanos y el PSOE celebraron una liturgia opulenta con una sobredosis de Suarez y Kennedy, para sumar entre los dos 7 escaños más que el PP solo. En el Congreso no cambión nada más que las vestimentas, los peinados y la bronca. Incapaces de asumir los resultados del 20D los políticos profesionales les regañaron a los electores porque no les habían concedido mayorías de caprichos y casi 8 millones de españoles habían osado no votar como Dios manda. Empezaba y acababa la XI legislatura el inicio de la rebelión del votante.

     

    26J

    Sin asombro ni escándalo, el 26 de junio de 2016 los españoles se encontraron en las papeletas exactamente a los mismos candidatos que seis meses antes. Evidentemente si no se cambian los candidatos es porque se supone que los que tienen que cambiar son los electores. Pero resistimos. Los españoles volvieron a colocar un tetraempate en las urnas. No había mayoría absoluta, ni de caprichos. El compromiso se lo había que currar, pero las ganas eran mínimas. Ante el ridículo despropósito de tener que repetir de nuevo las elecciones el PP se cargo a la espalda la mochila de gobernar un gallinero ingestionable y el PSOE se cargó a Pedro Sánchez. Este se montó en el coche que le llevaría al Falcon y recorrió España siguiendo su propio manual de resistencia. Mientras tanto Rajoy se atrincheraba en La Moncloa y veía los días pasar.

     

    1O

    Nada cambiaba en el modelo político que había establecido provisionalmente la generación del 78 y seguía abierto el segundo frente sin desarrollar de la constitución transitoria. El modelo territorial improvisado tras la dictadura tenía ingredientes para hacer felices a todos, pero en su composición era un mejunje intragable. Durante décadas las costuras que tensaban eran las de Euskadi, pero al final ser rajó por Cataluña. El descontento y la indignación aquí no había quedado en manos de amateurs y al azar del destino. Durante casi una década se había canalizado la frustración hacia el resto de España, que no solo les robaba, sino que también les odiaba supuestamente. En realidad, no había ni tanto robo, ni tanto odio, más bien indiferencia e incapacidad de la política nacional. Al igual que había sucedido en el frente de la reforma del sistema político, los dirigentes nacionales del bipartidismo pensaban que el tiempo lo arreglaría todo y el río volvería a su cauce por inercia. Entre porras y urnas, el 1 de octubre de 2017 las dos partes hicieron un ridículo espantoso, con la gran diferencia que los unos supieron comercializarlo y los otros lo leyeron en el Marca en Moncloa. Como era previsible, la cosa fue poca cosa, España recibió el apoyo “ya tal” de sus socios y los independentistas aprovecharon los momentos de gloria que les iban concediendo los tribunales de medio continente. Al final de la partida Cataluña demostró ser en su forma de hacer política y de enfrentarse entre sí más española que Pelayo, el Cid y la Cibeles juntos. El separatismo no es fruto del 15M, pero sí una fruta de la misma rama.

     

    1J

    Se empezaba a deletrear la palabra “moción” por los bares y pasillos y el 14 de junio de 2017 probó su escasa suerte Pablo Iglesias. Un año después, el 1 de junio de 2018, entraba por la puerta de invitados el ciudadano de a pie Pedro Sánchez, sin escaño acudía al Congreso mientras Mariano Rajoy salía por la otra puerta, para ver desde el bar de la esquina como lo despresidentaban. La piedra fue alguno de los casos de corrupción de su partido y tropezó a pesar de querer ser fuerte. Sánchez hizo de presidente del gobierno con 84 escaños, 26 menos que los que habían llevado a dimitir años antes a Rubalcaba por vergüenza. Así le fue, tras el verano y una breve luna de miel, sus compañeros de viaje le abandonaron en el intento de sustituir los eternos presupuestos de Montoro y los españoles volvieron a ver urnas al horizonte. Por supuesto los emigrantes, que ascendían en número, seguían privados de su derecho a participar sin voto rogado.

     

    28A

    Lejos de rendirse, los españoles volvieron a empuñar sus papeletas y le volvieron a hacer un papelón a los políticos profesionales. Esta vez no solo repitieron el tetraempate sino que lo convirtieron en un pentaempate. Con más de dos millones y medio de votos aparecía en el escenario nacional Vox, otro fruto del descontento, la frustración y la indignación. Los electores le dieron al PSOE exactamente los mismo 123 escaños que le habían dado al PP el 20 de diciembre de 2015. Lo que entonces parecía una derrota ahora ya cotizaba como éxito. Con los 57 escaños de Cuidadanos sumaban una cómoda mayoría de 180, sin necesidad de apoyos externos. Pero las mieles del sorpaso que habían tentado en su día a Podemos esta vez rozaban los labios de Albert Rivera y los que habían sido socios del numerito del abrazo no llegaron ni a un apretón de manos. El nuevo en la fiesta era Pablo Casado que obtuvo una cantidad de diputados (66) que cabían cómodamente en un autobús de campaña.  Por otro lado, Podemos cuando ya no podía de repente quería, pero el cariño en Ferraz era más bien escaso y prefirieron machacarlos en las siguientes urnas.

     

    10N

    Tercos e indomables los españoles volvieron a votar el 10 de noviembre de 2019. Negándose a conceder mayorías absolutas o de caprichos, repitieron el pentaempate frente al idéntico cartel electoral que les impusieron los políticos profesionales. Esta vez la situación seguía complicada, pero en los bandos se iban reorganizando las tropas. Mientras el PP curaba su flanco central, le salía un grano por la derecha y el PSOE tropezó en el intento de hundir a Podemos. Entre los dos perdieron 10 escaños. La coalición que durante meses había sido imposible fraguar con 166 escaños, vio la luz en 48 horas cuando ya solo les quedaban 153 diputados y su destino dependía de la gracia de quienes les habían traccionado a izquierdas y derechas.

     

    4M

    El, de momento, último capítulo de la serie del 15M se emitió el pasado 4 de mayo de 2021. En una guerra subsidiaria se volvieron a enfrentar en las urnas los protagonistas de la política española. Si bien esta vez se trataba de un “pars pro toto” que se celebraba solo a nivel regional de Madrid, los resultados fuero claros. Las aguas siguen revueltas, el cambio se aleja cada vez más y para algunos la andadura que empezó hace 10 años en la Puerta del Sol acabó ante las puertas de esa misma Puerta del Sol.

     

    Así pasaron los diez años desde que los españoles intentaron expresar su descontento. Tras una década de enfrentamiento, la Constitución transitoria del 78 sigue siendo una obra a la que nadie se atreve acceder, el sistema político sigue siendo inviable e ineficaz, nadie a modificado una coma de la LOREG, ni reformado el Senado, el modelo territorial sigue en fase experimental y no deja escapar una oportunidad para demostrar su inviabilidad, mientras los contribuyentes siguen atónitos el espectáculo, a la espera de que les vuelvan a entregar una lista cerrada y una urna, para celebrar otra fiesta de la democracia.

    Poco ha cambiado, pero de “indignados” hemos vuelto a retroceder a “decepcionados”.

    ¡Buen Sábado!

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